domingo, 15 de septiembre de 2013

REBELIÓN (Para los cobardes tristes y deprimidos. Para los valientes arrepentidos)



Acababa su turno de descanso.
Apenas había podido dormir. Ni siquiera la extrema oscuridad en la que vivían, consiguió que pudiera conciliar el sueño con tranquilidad.
Se puso en marcha con rapidez. Le esperaba la tarea diaria y no quería levantar sospechas. Nada ni nadie le retenía, pero no era el momento de escuchar reproches y tampoco quería tener que dar explicaciones.
Los primeros signos de actividad comenzaron a oírse. Se aventuró por los estrechos pasadizos que conducían al habitáculo. Estaba nervioso, ilusionado. Fue tocando levemente a los compañeros con los que se cruzaba. Todo era normal.
Entró. Le gustaba ese sitio. Los movimientos de los descendientes eran suaves, agradables. La paz que allí se respiraba le hacía sentirse bien. Después de todo no había tenido demasiada mala suerte con su trabajo. Aunque nunca había estado en el exterior, otros se encontraban en peor situación que él. Aún así envidiaba a los que tenían la oportunidad de conocer algo más que aquel mundo cerrado y oscuro en el que habitaban.
Concluida su faena, llegaba la hora de llevar a cabo la decisión que había tomado mucho tiempo atrás. Se iba. Abandonaría ese mundo de tinieblas y tristeza.
Antes de hacerlo quería verla por última vez. Llegó a su estancia. Allí estaba. Descomunal. Enormemente voluminosa. Nunca se había movido de allí, ni lo haría jamás. Desde su nacimiento, todo sobre su vida estaba escrito y decidido. No tenía la más mínima posibilidad de elección.
Siempre que se sentía mal, iba a verla. Le daba fuerza. Frente a ella y mirándola, pensaba que, en el fondo, era muy afortunado. Él, si quería, podía elegir su destino con libertad. Nadie lo había hecho hasta ahora.
Solo en su cabeza había encontrado raigambre la rebelión contra lo establecido. Estaba seguro de que otra vida era posible.
Una vez fuera de la cámara, se encaminó hacia la salida. A medida que se acercaba a ella, los pasadizos se volvían más angostos y empinados. Había que dificultar la entrada de cualquier intruso o enemigo.
La temperatura era más elevada y la oscuridad desaparecía por momentos. Temblaba de emoción.
La galería ahora era casi completamente vertical pero inundada de una maravillosa y cálida luz. Tenía que hacer un último esfuerzo. Unos pasos más y…
No podía asimilar todo lo que sus ojos veían. Sus sentidos estaban desbordados. Jamás hubiera podido imaginar algo así. Un mundo de mil sonidos, colores y sensaciones se desplegaba ante él. Era soberbio, grandioso, increíblemente asombroso.
Intentó tranquilizarse. Necesitaba unos minutos para reflexionar sobre todo aquello. Por fin era dueño de su vida. De su destino. Veía un futuro dónde dar rienda suelta a la creatividad y desarrollar sus capacidades. Podría tomar sus propias decisiones. Complacerse si eran las correctas. Equivocarse y asumir el error cuando así fuera…
Pensaba en su pasado más cercano. Intentaba vislumbrar el inmediato mañana.
De repente desaparecieron todos esos pensamientos y cavilaciones. Empezó a sentir miedo, estremecimiento. Un profundo terror le dominaba. Una tremenda inseguridad se adueñó de él. La audacia y la valentía que le habían llevado hasta allí, iban desapareciendo vertiginosamente.
Una palabra retumbaba en su cabeza ¡Cobarde, cobarde, cobarde! Triste, abatido y cabizbajo, dio media vuelta para acercarse al lugar por dónde había salido. Miró hacia abajo, dudó unos instantes e inició el regreso al frío, sombrío pero seguro y previsible hormiguero que no había tenido el valor de abandonar.