martes, 27 de agosto de 2013

Esperanza

Pasaba el mediodía. El calor era insoportable incluso dentro de la casa. Se acercó a la ventana. La tórrida temperatura exterior mezclada con una deslumbrante luz, luchaba por abrirse paso a través de la gruesa cortina.                                                 

Una tras otra, las gotas de sudor de su cara se lanzaban al vacío, precipitándose contra el antiguo entarimado de madera. Tenía miedo. Las últimas noticias no eran buenas, pero estaba convencida de que todo saldría bien. Acudiría a la cita con esa seguridad.

El calor de sus brazos rodeándola la hizo volver a la realidad.

-¿De verdad no quieres que te acompañe? Si finalmente todo resulta ser como parece, me gustaría estar a tu lado.

-No, prefiero que te quedes. Quiero enfrentarme sola a ello. Saber el ánimo y el empeño que voy a ser capaz de poner para afrontarlo.

Tuvo que hacer un esfuerzo para vocalizar con claridad las últimas palabras. Se sintió desfallecer. Como siempre había ocurrido, la empatía entre ambos se puso de manifiesto y la estrechó con más fuerza, sujetándola e intentando transmitirle el apoyo y el cariño que ahora necesitaba.

-Se hace tarde, me tengo que ir.

Cogidos de la mano se acercaron a la puerta. El la abrió y mirándola  a los ojos, la beso con dulzura.

-Estaré contigo. Recuérdalo.

Bajó deprisa. Salir al exterior fue como entrar en un mundo onírico e irreal. El calor desprendido por el asfalto formaba una cortina neblinosa que por momentos dificultaba la visión de las cosas.

La boca del Metro estaba al otro lado de la calle. Solo el ruido y las luces del convoy que empezaba a acercarse desde la recóndita oscuridad del túnel, consiguió sacarla de su abstracción y darse cuenta de que estaba en el andén.

Se sentía a gusto en la profundidad del suburbano. Le gustaban los olores, la diversidad, el ir y venir de la gente. Solo eran unas cuantas estaciones y los nervios iban desapareciendo a medida que se acercaba el desenlace y la respuesta a todas las dudas e intuiciones.

Pasó el tiempo mirando a sus compañeros de vagón. Escudriñando sus caras. Intentando averiguar qué pasaba por sus cabezas. Buscando la complicidad de alguno de ellos. Alguien que comprendiera como se sentía en ese preciso instante. Nadie. Todos parecían estar tranquilos. Ni el más mínimo atisbo de preocupación en su actitud.

Les envidiaba. Por un momento, una emoción parecida al odio pasó como un vendaval por su cabeza. En silencio les gritaba desde su interior. ¿Es posible que no veáis como me encuentro?

¿Por qué a mí?, se preguntó una vez más. Suspiró profundamente e intentó serenarse. La siguiente parada era la suya. Se abrieron las puertas y…

Estaba frente al número 49. Allí era. Tras unos instantes de inmovilidad, dio unos pasos, entró y el mundo quedó atrás. Como si estuviera pendiente de ella, la vida en él pareció detenerse mientras estuvo allí adentro.

Fuera de nuevo, se dio cuenta de que todo era todo mucho peor de lo previsible o imaginado. Durante el regreso de nuevo en el metro y como si de un mantra interno se tratase, repetía una y otra vez: ¡no puede ser, no puede ser!

Mientras se dirigía a la salida, cada escalón que subía la reafirmaba más en la confianza de que de alguna manera, no pasaría mucho tiempo en resolverse todo  satisfactoriamente.

Una vez en el exterior pareció entrar en éxtasis. Estaba en un estado de insensibilidad total ante cualquier estimulo externo. Se encaminó lentamente  hacia su casa. Antes de bajar el bordillo para cruzar la calle, miró hacia arriba buscando la ventana de su habitación. Vio como él se asomaba apresuradamente. Levantó sus brazos agitando las manos con energía. Un segundo antes de sentir el impacto brutal de un enorme parachoques, escuchó como gritaba su nombre de forma desgarrada. ¡¡ESPERANZA!!

viernes, 9 de agosto de 2013

Abandono



La miré a los ojos. Estaban apagados. Ya no veía en ellos el brillo que siempre tenían cuando me buscaban.
Poco después…se fue.
Ese sueño se repetía casi cada noche desde entonces.
Me despertó una sensación desagradable. Tenía la boca seca, adormecida y un repugnante amargor, todo lo que era capaz de paladear. Intenté tragar saliva y tan solo conseguí provocar unas agudas ganas de vomitar.
Fumaba de nuevo, bebía en exceso. Era una consecuencia más del abandono en el que había caído desde que la soledad era mi nueva y a menudo única compañera.
N dormía todavía. Habíamos pasado juntos el fin de semana. De vez en cuando lo hacíamos.
Dos meses sin follar era demasiado tiempo y decidí llamarla por si le apetecía volver a tener un par de lúbricas  noches de sexo, lujuria…y alguna canción.
No era la mujer de mi vida ni se le acercaba. Tampoco me gustaba demasiado. Ni siquiera se lo hacía bien en la cama. Fría, sin iniciativa. Era el tipo de mujer que les gusta a esos hombres que buscan la típica mujer-muñeca hinchable en la que descargar unos centímetros cúbicos de semen cargado de frustraciones y reprimidos deseos.
Bueno…nos teníamos cariño y todo estaba claro entre los dos.
N se movía. Susurró mi nombre mientras sus manos intentaban localizarme. Sus dedos llegaron a mi cara, a mi boca. Mientras acariciaba mis labios, le mordí con fuerza los dedos. Le gustaba. Se sentó en la cama. Nuestras miradas se cruzaron y vi un intenso fulgor en sus ojos.
Un esforzado “Te quiero” salió de su garganta para retumbar con fuerza en mis sienes durante unos instantes. Te quiero, repetí y casi al mismo tiempo, unas horribles nauseas me obligaron a abandonar apresuradamente la cama.