domingo, 2 de diciembre de 2012

Piel



Es ella, mi Piel, inseparable y fiel compañera. Tan pegada a mí, que aún y después de acabar mis días como ser consciente, ella seguirá sin separarse y dependiendo de cómo yo haya decidido pasar el resto de la eternidad, podrá fundirse conmigo y la naturaleza, seguir pegada a mis secos huesos durante algún tiempo, protegiéndolos de las inclemencias climáticas e incluso acompañarme durante una limitada infinitud de tiempo, si alguien así lo decidiera en un deseo obsesivo por perpetuar mi imagen en su retina.

Es ella, mi Piel. La que contiene a todo lo demás y que junto con ello me dan la vida y sustentan mi existencia. Un órgano en absoluta compenetración y concordia con todos los demás. Soy, como me dijo la persona (a la que aprecio profundamente) que se cuida de hacer más llevaderos mis malestares físicos y psíquicos, mi Piel y lo que hay dentro de ella, el edificio en el que vivo.

Es ella. Mi piel, la que me abre las puertas a la vida. Al mundo de las sensaciones, de las emociones y también al de los sentimientos, una vez pasados los dos primeros por el tamiz subjetivo de mi entendimiento. A través y desde ella,  me llega la suavidad de una caricia, la dulzura de un beso o el calor y el mapa de la Piel de otro cuerpo. Sin ella, mi Piel, no sabría que es áspero o sedoso. Que está caliente o frío o si lo que toco es anciano o niño.

Es ella. Mi piel, también, la más expuesta y por lo tanto la más perjudicada. Continuamente sometida a la erosión y el desgaste provocado por los elementos. Por los físicos y también por los psicológicos. Frente a ellos me protege tenazmente con sus constantes cambios. Vira sus colores, abre o cierra sus puertas, sube o baja su temperatura y eso siempre es un aviso o una señal de alarma que invariablemente debo tener  en cuenta.

Es ella. Mi Piel, que aún y así, solo es un órgano más de los que me componen. El continente de todo lo demás. La suma de todo eso, ese conjunto, es lo que debería ser siempre mi primer capital, la primera y más importante inversión en mi vida. De la salud y sana vitalidad de esa fusión dependerá el que pueda afrontar con solvencia todas mis inquietudes.

En este punto casi estaría cerrada esta crónica sobre ella, mi Piel, pero mis órganos se quejan de las ansiedades y amarguras que me hostigan. Riñones, próstata y vejiga son atenazados por el miedo y protestan por ello de diferente modo y manera. Mis articulaciones se anquilosan a veces, puede que por los movimientos no hechos. Hígado, bazo y páncreas se inflaman si me domina la ira, la pena o la rabia. Y también ella, mi Piel, lo hace, se lamenta, al ser el primer y más firme candidato a sufrir todos los miedos, angustias, desasosiegos y tensiones de cada día de  mi vida.

Pero hay  otro protagonista de esta historia. Otro órgano. El estómago. El mío. Que se queja, con dolor, por las cosas que soy incapaz de tragar y digerir. Tengo algunas en esa situación y ya hace unos días que él y yo manteníamos un dialogo intentando averiguar el porqué de sus pataleos. Bueno, como arreglar eso nos llevará algo de  tiempo, momentáneamente decido emplear algún remedio natural que le calme esa turbación. Y…

A lomos de Ciclopéa, la musa de mi creatividad, emprendo un breve viaje en busca de esas frutas llenas de rubíes repletos de un  jugo, que adormecerá definitivamente los malestares de mi atormentada víscera. La noche empieza a apagar las últimas luces del día y la vuelta podría ser algo complicada. Una vez en el sitio, la recolección es rápida. Enseguida consigo acumular una cantidad suficiente, como para prolongar el tratamiento durante el tiempo necesario hasta la curación definitiva. Él, parece darse cuenta de mi esfuerzo por aliviarle y me hace notar su satisfacción con una más que perceptible disminución de sus quejas. Yo, contento por sentir su mejoría, decido darle  un pequeño adelanto de la pócima y al mismo tiempo refrescar mi garganta de la sequedad provocada por el viaje. Es un verdadero deleite. Cada mordisco me llena la boca del néctar de esas deliciosas joyas. Me siento bien, tremendamente satisfecho de poder remediar yo solo el conflicto. La oscuridad empieza a rodearme. Mi musa espera apoyada sobre la pared de piedra. Inesperadamente algo ocurre. No sé porqué, pero miro a mi derecha. La sorpresa es enorme. Detrás de una loma, en la lejanía, empieza a asomar una enorme Luna de color naranja. Inmensa. Preciosa. Como nunca antes  la había visto. No es hora de Luna, pero ahí está. Me paro. Me pongo frente a ella. Miro a mí alrededor. Poco a poco la oscuridad se hace más tenue y se empiezan a adivinar otra vez los verdes de la vegetación y las ondulaciones del terreno. Verme en esa situación, frente a la Reina de la Noche, a esa hora del día, paladeando todavía el sabor de la fruta y a solas yo y ella, mi Piel, hace que una tremenda vibración se apodere de mí. Me siento completamente aturdido por la emoción y empiezo a sentirme inmensamente satisfecho. Por unos momentos intento fundirme con todo aquello que me rodea. Ser uno con ello. Abro los brazos y grito: ¡Gracias, gracias, gracias! Unas lágrimas se deslizan por mis mejillas y son el preludio de la sinfonía del llanto que provoca la felicidad. Miro a todos lados, quiero compartir este momento con alguien. Solo así puedo llenar de totalidad este sentimiento. No hay nadie. ¡Si, allí!, Un viejo olivo se deja ver, iluminado suavemente por la amarillenta luz de la Luna. Me acerco a él y lo abrazo. Lo estrecho tal y  como haría con  esa a la que amo y con la que me hubiera gustado compartir estos minutos de inmensa dicha. Por unos instantes soy uno con él. Lloro y susurro continuamente: gracias, gracias, graciasss.

No quiero moverme nunca de aquí. En este momento no necesito nada más. Estamos ella, mi Piel, la que me contiene, la felicidad y yo. Después de unos minutos, me separo suavemente de mi compañero sin dejar de acariciar su arrugada corteza. Le digo: me tengo que ir amigo, gracias, nunca olvidaré estos instantes que hemos compartido. Y lentamente comienzo el regreso a casa.

Durante el tiempo que dura la vuelta  y pensando  en lo sucedido, me digo: Que torpe e iluso  soy. Siempre buscando la felicidad fuera de mí, rodeándome y acumulando cosas y personas que creo me van a dar eso que he buscado durante toda mi existencia. Que quimérica ilusión pensar que todos esos conflictos y malestares que vivo dentro de mi hogar, La Piel, se van a solucionar delegando su arreglo en algo externo a mí. Que poco necesitaría para ser dichoso si supiera buscar lo que necesito, donde verdaderamente está.

Esta tarde, ella, mi Piel y yo, hemos sido inmensamente felices. Solos. Ella, mi Piel, yo y alguien con quien hemos compartido esos momentos de plena satisfacción.